
La Facultad de Ingeniería volvió a su latido constante este martes 3 de febrero. Entre los ecos del ir y venir de los autos, motos y pumabuses, el pedalear de las bicicletas y los pasos apresurados de quienes se dirigieron a sus primeras clases del semestre 2026-2, el campus se reencontró con su comunidad.
Con los aún tímidos rayos del sol tocando los edificios y los jardines, la vida universitaria despertó. El aroma del café se mezcló con el aire fresco de la mañana de invierno y, poco a poco, los pasillos se llenaron de voces, complicidad, miradas y risas. Dentro de los salones, las sillas se ocuparon con la familiaridad de quien regresa a un lugar habitual y, a la vez, con la seguridad de iniciar una nueva etapa en su alma mater, con metas y aspiraciones frescas.
La llegada del profesorado a las aulas y laboratorios atenuó los murmullos con los silencios atentos a los pizarrones y al sonido sutil que se desprende de lápices y plumas al rozar el papel. En las bibliotecas, el paso de las hojas, los arrastres suaves de las sillas y el tecleo interrumpieron nuevamente la afonía característica de estos espacios. Afuera, la atmósfera era distinta: sentados compartiendo bancas en las áreas verdes o con audífonos, los jardines volvieron a ser puntos de encuentro y descanso.
Después de una pausa, la comunidad puma regresó con fuerza a su campus. Un comienzo acompañado de los valores universitarios que la caracterizan: los pilares para la convivencia en sus espacios, aquéllos en los que se genera el conocimiento y se forman profesionistas comprometidas y comprometidos con su sociedad.